Mary Jiménez Suárez siempe estaba alegre. Eso no es un secreto para quienes la conocimos y para quienes tuvimos el privilegio de compartir con ella.
Desde muy joven fue luchadora, enérgica y directa. Siempre se vestía con esa ancha sonrisa que la identificaba en sus múltiples facetas: hija, mamá, hermana, abogada, empresaria, deportista y amiga.
Siempre me encantó trabajar con ella. Disfruté compartirle cualquiera de esas locuras que yo llamaba proyectos laborales y que ella apoyaba optimista. Así se sucedió una cadena de espaldarazos mutuos, de patrocinios, asesorías y servicios, con la que logramos tejer una productiva simbiosis.
Recuerdo que apenas en dos oportunidades la llegué a ver triste o preocupada. Una de ellas fue por una situación muy personal que ella estaba atravesando y de la que me honró que me sumara y me la comentara. Hablamos largo rato, se desahogó, descargó en sus palabras su tragedia y luego de un gran abrazo supe que iba a superar la neblina más temprano que tarde. Y así fue.
La segunda vez que la vi con ansiedad fue cuando en la farmacia que tenía en el 18 de Octubre había un ambiente pesado y desteñido. Sabiendo que no tenía que ver con los incentivos económicos o con las condiciones laborales, le preocupaba que "sus muchachos" no se sintieran cómodos en el trabajo, y que por el contrario se sintieran forzados a hacerlo.
-Flaco, (porque ella me decía flaco) necesito que me ayudéis, quiero que me organicéis como una convivencia, unos talleres, unos juegos, no sé. Es que tengo a la gente desmoralizada -me comentó esa vez, como si fuera una generala que siente la obligación de levantar la moral de su tropa.
-Dale, dejame ver qué te organizo -le prometí.
De verdad estaba preocupada por su gente. No era algo que tenía que ver con la productividad o la rentabilidad, porque esos aspectos estaban garantizados por su trabajo, sino que el desánimo tenía que ver con su visión de líder y con su compromiso implícito de lograr que quien trabaje con ella tenía que disfrutar su labor y sus resultados.
Así que planificamos una jornada al aire libre, en su parcela en las afueras de Maracaibo, con dinámicas de grupo, de trabajo en equipo, de clima laboral y de fomento a la creatividad, con la que esperábamos cosechar buenos resultados.
La mañana que marcamos en el calendario para realizar la actividad llegó cargada de preocupación. Su cara mostraba todavía esa inquietud que la arropaba desde que me pidió el apoyo, porque no sabía cómo iba a tomar su equipo de trabajo aquella invitación. Su angustia aumentaba de peso a medida que pasaba revista a las caras expectantes de sus trabajadores y colaboradores, porque de entrada, todos estaban nerviosos. Nadie sabía con qué se conseguiría, ni que sacaría de allí.
Pero poco a poco el ambiente se fue relajando. A medida que fuimos desarrollando las actividades y las dinámicas, el pequeño enjambre de trabajadores se mostraba más participativo e integrado. Pero todavía no aparecía la esquiva sonrisa de la anfitriona.
Creo que cuando había transcurrido poco más de la mitad de la convocatoria, cuando ya habíamos hecho unas cuatro o cinco dinámicas, un brillo rebotó por todo el ambiente. Era la sonrisa de Mary, que había regresado al lugar de donde nunca se debió ir. Alegre y liviana se me acercó y me dió un cariñoso golpecito en el hombro izquierdo.
-Flaco ya me doy por pagada con este taller -me dijo con emoción.
-¿Y eso por qué?
-Porque dos de mis muchachos, los que más me preocupaban, se me acercaron y me dijeron "Mary te prometemos que vamos a trabajar mejor, vamos a disfrutar más nuestro trabajo", y eso es lo que yo quería, que ellos se sintieran mejor.
Y otra vez su sonrisa protagonizó la jornada. Con ello yo también me di por pagado.
Mary se nos fue temprano, cuando más energía irradiaba, pero su sonrisa se quedará con quienes la conocimos y con quienes tuvimos el placer de compartir con ella.
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