martes, 29 de julio de 2025

El campeonato que ganó Rafael Rivas

 



Creo que el único campeonato que ganó mi papá como dirigente deportivo y manager de béisbol de pequeñas ligas, habría sido como en 1985 o 1986. Recuerdo que fue en una mañana sabatina y de sol amable en el estadio del Colegio de Veterinarios.

Esa mañana se jugaba la final del torneo y mi papá estaba a la expectativa de lo que hicieran sus pupilos de 8 o 9 años. Durante el encuentro celebró cada batazo, cada carrera, y también peleó cada out y cada jugada cerrada. Desde hacía tiempo no lo veía así. Él siempre tan calmado y paciente, ese día estaba ansioso e inquieto.

Pero no lo hacía por él. No lo hacía por su ego -condición a la que nunca se acercó-. Lo hacía por esos niños que habían jugado bien toda la temporada y que se habían esforzado para llegar a la final. Lo hacía porque habían trabajado más que los demás equipos por conseguir un cupo en ese último juego del torneo.

Yo no entendía en ese momento -y tardé mucho en hacerlo- como alguien con tanto conocimiento del béisbol y con tanto talento y carisma para conducir a los niños, no ganara torneos más seguido.

Mi papá no ganaba los campeonatos porque fuera mal entrenador o mal estratega. La lectura es mucho más compleja y mucho más bonita que eso.

Él no ganaba trofeos porque no eran su objetivo. Él siempre se hacía con el equipo más débil, el de los niños que recién se iban calzando un guante, a los que había que llevar de la mano, los más lentos, los menos habilidosos.

En contraste, los otros managers buscaban a los niños más competitivos y con más potencial, así que sus equipos por lo general tenían garantizado el éxito. Los de mi papá no.

Pero es que papá entendió que el objetivo era social, que el deporte es solo un medio para integrar a los niños a una comunidad, a enseñarles a jugar limpio, a motivarlos a esforzarse para conseguir un objetivo, a ser honestos, a trabajar en equipo, a respetar las diferencias, a enfrentar y aceptar las adversidades, pero sobre todo a divertirse jugando.

Una de las reglas que nunca dejó de aplicar es la que estipula que en cada encuentro todos los niños deben jugar aunque sea un inning y que deben tomar al menos un turno al bate. Para él esa era una norma sagrada. Se tenía que cumplir por encima de cualquier circunstancia, e incluso si por aplicarla se pusiera en riesgo el resultado de un partido.

Lo importante no era el marcador final, era que el niño jugara y que se sintiera parte de un equipo.

Con esa premisa se condujo los más de 25 años que le dedicó de manera voluntaria a la Pequeña Liga de Beisbol Universitaria (o LUZ Maracaibo como se bautizó luego) y gracias a esa filosofía se ganó el respeto sincero de managers, dirigentes, padres y representantes, y sobre todo de los miles de pequeños jugadores que disfrutaron al jugar béisbol en esa liga.

Años más tarde la Universidad del Zulia lo honró bautizando un estadio de beisbol menor con su nombre, destacando su dedicación, paciencia, entrega y nobleza; y le han rendido diferentes homenajes de agradecimiento por su labor en distintos torneos y actividades deportivas.

El estadio "Rafael Rivas Rodríguez" es parte del complejo de la Pequeña Liga LUZ Maracaibo, que está sembrado en el Parque Polideportivo de Maracaibo (detrás del estadio "Pachencho" Romero). En él, niños de 6 a 10 años aprenden a jugar béisbol, pero lo más importante es que aprenden a trabajar en equipo y a respetar a su comunidad.

Por cierto, la foto es de cuando se inauguró el cuadrangular pre-infantil "Copa Rafael Rivas" en enero de 2017, precisamente en el estadio que lleva su nombre.

Hoy (29 de julio), ese hombre grande, noble, cariñoso, dedicado y amable está cumpliendo años, por lo que doy gracias a Dios por su vida y por darme el placer de ser su tercer hijo.



lunes, 26 de mayo de 2025

La sonrisa de Mary

 Mary Jiménez Suárez siempe estaba alegre. Eso no es un secreto para quienes la conocimos y para quienes tuvimos el privilegio de compartir con ella.

Desde muy joven fue luchadora, enérgica y directa. Siempre se vestía con esa ancha sonrisa que la identificaba en sus múltiples facetas: hija, mamá, hermana, abogada, empresaria, deportista y amiga. 



Siempre me encantó trabajar con ella. Disfruté compartirle cualquiera de esas locuras que yo llamaba proyectos laborales y que ella apoyaba optimista. Así se sucedió una cadena de espaldarazos mutuos, de patrocinios, asesorías y servicios, con la que logramos tejer una productiva simbiosis.

Recuerdo que apenas en dos oportunidades la llegué a ver triste o preocupada. Una de ellas fue por una situación muy personal que ella estaba atravesando y de la que me honró que me sumara y me la comentara. Hablamos largo rato, se desahogó, descargó en sus palabras su tragedia y luego de un gran abrazo supe que iba a superar la neblina más temprano que tarde. Y así fue.

La segunda vez que la vi con ansiedad fue cuando en la farmacia que tenía en el 18 de Octubre había un ambiente pesado y desteñido. Sabiendo que no tenía que ver con los incentivos económicos o con las condiciones laborales, le preocupaba que "sus muchachos" no se sintieran cómodos en el trabajo, y que por el contrario se sintieran forzados a hacerlo.

-Flaco, (porque ella me decía flaco) necesito que me ayudéis, quiero que me organicéis como una convivencia, unos talleres, unos juegos, no sé. Es que tengo a la gente desmoralizada -me comentó esa vez, como si fuera una generala que siente la obligación de levantar la moral de su tropa.

-Dale, dejame ver qué te organizo -le prometí.

De verdad estaba preocupada por su gente. No era algo que tenía que ver con la productividad o la rentabilidad, porque esos aspectos estaban garantizados por su trabajo, sino que el desánimo tenía que ver con su visión de líder y con su compromiso implícito de lograr que quien trabaje con ella tenía que disfrutar su labor y sus resultados.

Así que planificamos una jornada al aire libre, en su parcela en las afueras de Maracaibo, con dinámicas de grupo, de trabajo en equipo, de clima laboral y de fomento a la creatividad, con la que esperábamos cosechar buenos resultados.

La mañana que marcamos en el calendario para realizar la actividad llegó cargada de preocupación. Su cara mostraba todavía esa inquietud que la arropaba desde que me pidió el apoyo, porque no sabía cómo iba a tomar su equipo de trabajo aquella invitación. Su angustia aumentaba de peso a medida que pasaba revista a las caras expectantes de sus trabajadores y colaboradores, porque de entrada, todos estaban nerviosos. Nadie sabía con qué se conseguiría, ni que sacaría de allí.

Pero poco a poco el ambiente se fue relajando. A medida que fuimos desarrollando las actividades y las dinámicas, el pequeño enjambre de trabajadores se mostraba más participativo e integrado. Pero todavía no aparecía la esquiva sonrisa de la anfitriona.

Creo que cuando había transcurrido poco más de la mitad de la convocatoria, cuando ya habíamos hecho unas cuatro o cinco dinámicas, un brillo rebotó por todo el ambiente. Era la sonrisa de Mary, que había regresado al lugar de donde nunca se debió ir. Alegre y liviana se me acercó y me dió un cariñoso golpecito en el hombro izquierdo.

-Flaco ya me doy por pagada con este taller -me dijo con emoción.

-¿Y eso por qué?

-Porque dos de mis muchachos, los que más me preocupaban, se me acercaron y me dijeron "Mary te prometemos que vamos a trabajar mejor, vamos a disfrutar más nuestro trabajo", y eso es lo que yo quería, que ellos se sintieran mejor.

Y otra vez su sonrisa protagonizó la jornada. Con ello yo también me di por pagado.

Mary se nos fue temprano, cuando más energía irradiaba, pero su sonrisa se quedará con quienes la conocimos y con quienes tuvimos el placer de compartir con ella.






jueves, 19 de diciembre de 2024

Misión Cumplida Scouter Rubén

 En los scouts, cuando se hacen actividades al aire libre se acostumbra colocar “señales de pista” con ramitas y piedras para ir orientando el camino. Cuando se cumple el objetivo y se llega al final del recorrido, se coloca como señal un círculo de piedras con una piedra en el centro, que significa “Misión Cumplida”.




Lo mismo cuando la vida de un scout llega al final del recorrido y logra su objetivo. Lo recordamos con la misma técnica, en señal de que ha cumplido con su misión y de que ya está en camino hacia el “campo del reposo y la dicha”, como dice la oración del dirigente y guía.

Este 18 de diciembre nos dejó un gran scout. Rubén Portillo Jaimes tuvo toda una vida dedicada al escultismo, desde que ingresó muy joven “hace muuuchos años”, y fue dirigente de distintos niveles en muchas épocas. Siempre destacó por ser alguien íntegro, conciliador, trabajador, un ejemplo a seguir en todos los aspectos.

Tuve el gratísimo placer de conocerlo en lo scout, en lo profesional, y más importante aún, en lo personal. Las puertas de su casa y de su familia siempre estuvieron abiertas para las decenas y cientos de jóvenes que se formaron en los scouts, y para los dirigentes de todas las edades, grupos y nacionalidades que pasaron por allí.

Para mi generación, y para mí en lo personal, Rubén fue un mentor, un guía, un tipo sabio a quien pedirle consejos cuando los necesitara. Él siempre respondía con una enseñanza acorde, con una experiencia de sus lejanos tiempos de su juventud, y sobre todo, con una sonrisa y un chiste propios de su sano sentido del humor.

Hasta cuando me regañaba (que estoy seguro que fueron muchas más veces de las que puedo recordar) lo hacía con una enseñanza y un consejo para guiarme.



Colocar las piedras para marcar el final del recorrido no es fácil, pero es un orgullo hacerlo sabiendo que cumplió su misión, que formó a una maravillosa y frondosa familia, y que ayudó a formar a varias generaciones de jóvenes en el camino de un mundo mejor.

Gracias Rubén Portillo.

Misión Cumplida.

lunes, 4 de marzo de 2024

Las lágrimas del reencuentro

 

La emoción se respiraba en el ambiente, habían esperado mucho por ese momento, por eso cada minuto y cada segundo, se les hacía interminable.


Las lágrimas estaban a punto de salir, pero sabían que tenían que contenerse. Estaban ansiosas por escapar de los húmedos ojos y rodar por las mejillas, pero entendían que tenían que esperar por el abrazo que había sido postergado por los últimos seis meses. Comprendían que sería solo en ese momento cuando debían aflorar y reclamar su protagonismo... pero el abrazo no llegaba y la angustia amenazaba con secarlas.

Esas lágrimas siempre habían visto a sus colegas en reencuentros en los aeropuertos, pero nunca había vivido uno. Esperaban con desesperación el momento en el que la esposa y los dos hijos bajaran del avión que los llevó desde Maiquetía hasta la capital chilena y se abrazaran con el papá, quien había trabajado los últimos seis meses para lograr el encuentro.

Fueron seis meses difíciles, de trabajos rudos, de jornadas de hasta 36 horas seguidas en distintas “pegas” o labores para reunir el dinero. Fueron seis meses en los que los niños -de 9 y 6 años- extrañaron la presencia de su padre. Se preguntaban cuando llegaría el día del abrazo, lloraban en la soledad sin entender por qué se habían tenido que separar y ahora emigrar.





Ahora las lágrimas de los niños y de sus padres sabían que la espera estaba llegando a su fin.

La mañana del 4 de marzo de 2018 en el aeropuerto de Santiago el largo pasillo de llegada internacional y los trámites de ingreso oficial al país, eran lo único que los separaban. Las lágrimas estaban ansiosas, expectantes.

Al fin superaron los obstáculos, recibieron los sellos en sus pasaportes, recorrieron la infinita distancia que separaba los corazones que latían a millón. Las lágrimas ya no aguantaban la presión.

Los últimos diez metros de su caminata fueron interminables. Después de seis meses la familia entera se volvió a abrazar. Las lágrimas por fin pudieron salir.







viernes, 1 de diciembre de 2023

Una moneda con gran valor



 


Justo acababa de salir a tomar unas fotos al Centro Cultural, ubicado a unas pocas cuadras del diario, cuando Leo Pizarro me llamó por teléfono…

-Roberto ¿Estás cerca? Aquí te buscan dos carabineros…

-Si es Dino Contreras, de la Oficina Comunitaria, dile que me deje la invitación contigo.

-No, no es Dino… son dos oficiales…

¿Dos oficiales? Ahora en qué problema me habré metido, pensé… como editor del diario con apenas un año al frente de El Ovallino ya me había buscado varios inconvenientes, es normal, es parte del trabajo, pero sus consecuencias no pasaban más allá de un par de críticas y algunas amenazas de demanda de esas que nunca se cumplen… Pero esta vez me buscaban dos oficiales en la oficina…

-Que me esperen dos minutos, que ya voy de regreso…

Era febrero de 2019. Cuando entré, el de mayor rango fue el primero en saludarme y presentarse:

-Buenos días, soy el Mayor Álvaro Ilabaca del Canto, comandante de la Escuela de Formación de Carabineros Grupo Ovalle.

-Yo soy el SubTeniente Jorge Castro, jefe de escuadrón.

-Y yo soy Roberto Rivas, y soy al que buscan, pero no sé por qué o para qué...

-Es que queremos invitarlo a que haga clases en nuestra institución -dijo Ilabaca- necesitamos a alguien que dé la cátedra de Habilidades Comunicativas y no se nos ocurre nadie mejor que el Editor del diario local…

Debo confesar que la propuesta me tomó desprevenido. Ciertamente yo había dado clases en instituciones de Educación Superior en Maracaibo, pero nunca imaginé que en Chile me dieran la oportunidad de retornar a la docencia, y menos en la Escuela de Carabineros.



Estaba emocionado con la idea de volver a dar clases, pero tenía dos condiciones.

-La primera es que me ajusten el horario para dar clases sólo a la primera hora de la mañana, para luego venir a trabajar todo el día en el diario. La segunda es que yo no seré Relacionista Público de Carabineros: si un uniformado se mete en problemas yo lo voy a publicar en el diario, y que eso no afecte mi trabajo en la Esfocar, porque primero soy periodista.

-No hay problema -dijo Ilabaca.

Y con un apretón de manos sellamos la invitación.

Más tarde le expliqué al director del diario, Don Ricardo Puga, la propuesta que me hicieron y me dijo que no tenía inconvenientes en que diera clases en la institución. Así que a los días comencé con una de las experiencias más interesantes que me ha tocado vivir: ayudar a los Carabineros Alumnos en sus Habilidades Comunicativas: redacción de actas, discursos, comunicados, comunicación verbal y no verbal, etc.

Sé que no soy el primer venezolano que ofrece clases en la institución, pero quizás sea el primer zuliano en ser docente de la Esfocar, y eso me llena de un orgullo tremendo, además que siempre es una satisfacción poder poner mi granito de arena para formar a un grupo de jóvenes que quieren hacer bien las cosas. ¡Y cuando notas cambios positivos en su manera de redactar o de expresarse, más satisfactorio es!

Hoy 1 de diciembre se celebra el Día del Profesor de Carabineros, ocasión en la que nos rindieron un homenaje a los docentes de la institución, con actividades culturales preparadas por los propios alumnos. Recibí además una Moneda Conmemorativa que tiene para mí un valor incalculable, porque me hace ver lo lejos que he llegado desde que decidí emigrar con mi familia.

Luego de dejar el diario a principios de año me asignaron más secciones y he podido ayudar a más estudiantes. Estoy realmente agradecido con quienes me invitaron y quienes han confiado en mi trabajo en estos años, y sobre todo, agradecido con los alumnos que me dan la oportunidad de colaborar en su formación.

 

 



lunes, 26 de diciembre de 2022

El Niño de Adolfo

 Roberto Rivas Suárez

En diciembre de 1995 –o quizás de 1996- en el Grupo Scout Lucila Palacios nos encontrábamos organizando la actividad de cierre de año para los lobatos de la Manada (niños entre 7 y 11 años), por lo que pedimos a varios dirigentes del grupo que nos ayudaran con los juegos y las actividades que realizaríamos por estaciones.



En ese entonces teníamos muy buena relación con los dirigentes del Grupo Scout Cristo Rey, así que decidimos invitarlos a la actividad, para que los lobatos pudieran compartir con otros niños y que la jornada nocturna fuera más vistosa y divertida.

En ese momento yo estaba al frente del staff de Manada y mis hermanos de la “Zona Roja” (mi generación más cercana) dirigían las unidades mayores. Por supuesto todos se aprestaron a colaborar con juegos y dinámicas.

Ya con el programa estructurado, las responsabilidades asignadas, los materiales listos, los invitados a punto de legar, y cuando faltaban como 30 minutos para dar inicio a la actividad, llegó al lugar mi hermano Adolfo Valecillos y me llamó aparte: “Vení a ver lo que les traje”…

Fuimos hasta su emblemático Malibú blanco y me mostró un cargamento de juguetes que tenía regados entre el asiento de atrás y la maleta. Eran más de treinta juguetes de muy buena calidad, que no le había dado tiempo de forrar. Habían juguetes armables, carros y camiones, figuras de acción y  juegos didácticos.

-¿Adolfo, y esto?

-Vos sabéis que papá siempre trabajó con gestiones de aduanas y de importación. Desde hace años le comenzó a hacer las diligencias a unos chinos que iban recién llegando a Maracaibo y estaban abriendo sus tienditas. Ahora tienen almacenes grandes, jugueterías y hasta supermercados y nosotros le seguimos haciendo las gestiones, pero ahora soy yo el que se entiende con los hijos de los chinos.

-¿Y te los donaron?

-Más o menos. Le dije a uno de ellos que tenía esta actividad con los niños y que me diera el mejor precio que pudiera. Como nos conocemos de años me dejó los juguetes al costo que le salen y hasta me dio un descuento. Pero no vais a decir nada, este es el Niño Jesús…

Nunca le pregunté, pero imaginé que un botín así debió tener un precio considerable para una sola persona.

La actividad comenzó, los juegos por estaciones sacaron risas y diversión en todos los que allí estuvimos. No hubo competencia, sino pura alegría navideña. Dejamos la entrega de regalos para el final, y fue una sorpresa que nadie esperaba. Los niños quedaron asombrados por los regalos, pero más asombrados quedaron los padres y dirigentes que no sabían cómo habíamos hecho para “estirar” la cuota que habíamos pedido para refrigerio, y comprar tal cantidad de buenos juguetes.

La sonrisa de Adolfo no cabía en el lugar.

-Hay un niño que no lo puede creer. Mirá, es aquel que está allá –Me dijo-

Y recuerdo que me señaló a un pequeño que fue obsequiado con una figura de acción. El niño miraba el juguete y no se atrevía a abrirlo, al parecer imaginaba que era mucho para él.

Una de las dirigentes de Cristo Rey se me acercó y me preguntó:

-¿Roberto, cómo hicieron para conseguir estos regalos?

-¿Vos creéis en el Niño Jesús? –le pregunté-

-Sí…

-Bueno, yo también…

Y me quedé con mi ancha sonrisa pensando en el Niño Jesús que Adolfo nos llevó esa noche. Nunca le revelé a nadie el origen de los regalos.

El 20 de diciembre de 2013, mi hermano Adolfo Valecillos murió después de luchar un par de años contra una agresiva leucemia que lo fue consumiendo poco a poco. Esa tarde estuvimos con él. Esa tarde tuvimos la certeza de que sería solo un breve adiós.

 


viernes, 11 de noviembre de 2022

La tarde en la que Luis Aparicio le dio la razón a mi papá

Muchos años después de ser exaltado al Salón de la Fama del Beisbol de los Estados Unidos, Luis Aparicio Montiel seguía siendo –y todavía lo es - un tipo sencillo, una gloria y celebridad del deporte nacional, sí, y al mismo tiempo dueño de una conversación pausada y sabia.

Al igual que a mi papá, Rafael Rivas, a Aparicio le apasiona tanto el beisbol como la formación de los niños y jóvenes, y eso lo conversaron una tarde marabina en la que el ex grandes ligas se tomó su tiempo para visitar un estadio de categorías infantiles, donde niños de entre 7 y 9 años daban los primeros pasos y recibían los consejos iniciales para disfrutar de ese maravilloso deporte.

La plática entre dos grandes valores del Zulia –cada uno a su nivel- desmenuzó el deporte en todas sus tonalidades, desde el amateur al profesional, desde la visión de quien lo promueve, hasta la mirada de quien lo practica y se llena los pies de arena en cada jugada.

Analizando andaban los apoyos públicos a las instituciones deportivas, cuando el eterno 11 de los Medias Blancas de Chicago le dijo a papá algo así como:

-“Lo que yo no entiendo es por qué los políticos no deciden dar más apoyo al deporte menor”

-“Lo que pasa Luis, es que los que se meten en la política lo hacen desde muy jóvenes y casi ninguno de ellos practicó algún deporte… ellos no saben lo que se necesita en el deporte menor, porque no lo vivieron”… argumentó mi padre.

Aparicio se frotó el mentón y tras analizar la respuesta, terminó dándole la razón a papá.

-“No lo había visto desde ese punto de vista, creo que debe ser por eso”, admitió el único hall de la fama venezolano.

El destino quiso que años más tarde, la Pequeña Liga de Beisbol Universitaria bautizara el pequeño campo donde se desarrolló la conversación, con el nombre de “Estadio Rafael Rivas”, en homenaje a quien consideraron “Alma, Corazón y Vida”, de esa institución por casi tres décadas. El recinto, está enclavado en el Complejo Polideportivo de Maracaibo, a menos de 500 metros del estadio “Luis Aparicio (Ortega), El Grande”, en homenaje al papá de quien en una conversación casual, una tarde marabina, le dio la razón a mi papá.

 

Roberto Rivas Suárez