Creo que el único campeonato que ganó mi papá como dirigente deportivo y manager de béisbol de pequeñas ligas, habría sido como en 1985 o 1986. Recuerdo que fue en una mañana sabatina y de sol amable en el estadio del Colegio de Veterinarios.
Esa mañana se jugaba la final del torneo y mi papá estaba a la expectativa de lo que hicieran sus pupilos de 8 o 9 años. Durante el encuentro celebró cada batazo, cada carrera, y también peleó cada out y cada jugada cerrada. Desde hacía tiempo no lo veía así. Él siempre tan calmado y paciente, ese día estaba ansioso e inquieto.
Pero no lo hacía por él. No lo hacía por su ego -condición a la que nunca se acercó-. Lo hacía por esos niños que habían jugado bien toda la temporada y que se habían esforzado para llegar a la final. Lo hacía porque habían trabajado más que los demás equipos por conseguir un cupo en ese último juego del torneo.
Yo no entendía en ese momento -y tardé mucho en hacerlo- como alguien con tanto conocimiento del béisbol y con tanto talento y carisma para conducir a los niños, no ganara torneos más seguido.
Mi papá no ganaba los campeonatos porque fuera mal entrenador o mal estratega. La lectura es mucho más compleja y mucho más bonita que eso.
Él no ganaba trofeos porque no eran su objetivo. Él siempre se hacía con el equipo más débil, el de los niños que recién se iban calzando un guante, a los que había que llevar de la mano, los más lentos, los menos habilidosos.
En contraste, los otros managers buscaban a los niños más competitivos y con más potencial, así que sus equipos por lo general tenían garantizado el éxito. Los de mi papá no.
Pero es que papá entendió que el objetivo era social, que el deporte es solo un medio para integrar a los niños a una comunidad, a enseñarles a jugar limpio, a motivarlos a esforzarse para conseguir un objetivo, a ser honestos, a trabajar en equipo, a respetar las diferencias, a enfrentar y aceptar las adversidades, pero sobre todo a divertirse jugando.
Una de las reglas que nunca dejó de aplicar es la que estipula que en cada encuentro todos los niños deben jugar aunque sea un inning y que deben tomar al menos un turno al bate. Para él esa era una norma sagrada. Se tenía que cumplir por encima de cualquier circunstancia, e incluso si por aplicarla se pusiera en riesgo el resultado de un partido.
Lo importante no era el marcador final, era que el niño jugara y que se sintiera parte de un equipo.
Con esa premisa se condujo los más de 25 años que le dedicó de manera voluntaria a la Pequeña Liga de Beisbol Universitaria (o LUZ Maracaibo como se bautizó luego) y gracias a esa filosofía se ganó el respeto sincero de managers, dirigentes, padres y representantes, y sobre todo de los miles de pequeños jugadores que disfrutaron al jugar béisbol en esa liga.
Años más tarde la Universidad del Zulia lo honró bautizando un estadio de beisbol menor con su nombre, destacando su dedicación, paciencia, entrega y nobleza; y le han rendido diferentes homenajes de agradecimiento por su labor en distintos torneos y actividades deportivas.
El estadio "Rafael Rivas Rodríguez" es parte del complejo de la Pequeña Liga LUZ Maracaibo, que está sembrado en el Parque Polideportivo de Maracaibo (detrás del estadio "Pachencho" Romero). En él, niños de 6 a 10 años aprenden a jugar béisbol, pero lo más importante es que aprenden a trabajar en equipo y a respetar a su comunidad.
Por cierto, la foto es de cuando se inauguró el cuadrangular pre-infantil "Copa Rafael Rivas" en enero de 2017, precisamente en el estadio que lleva su nombre.
Hoy (29 de julio), ese hombre grande, noble, cariñoso, dedicado y amable está cumpliendo años, por lo que doy gracias a Dios por su vida y por darme el placer de ser su tercer hijo.


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